En esos tiempos yo andaba en onda amistad con una porteña. Nos habíamos conocido por mail y habíamos conectado bien y decidimos juntarnos. La ocasión perfecta fue la Marcha del Orgullo (que en esa época era el “Día del Orgullo Gay Chileno”).

La porteña en cuestión trabajaba activamente como voluntaria en una organización de prevención del sida y viajaba a santiago todo pago para la ocasión, por lo que hacia fácil el encuentro.

Me dio la dirección y ese sábado 17 de septiembre me encaminé después de un almuerzo familiar a lo que sería mi primera relación amorosa y mi primera marcha del orgullo. Me perdí, caminé más de lo que debí caminar, pero al fin llegué a la casa central de la organización, una casa antigua y bien bonita de la que salía música, gritos y mucha, pero mucha pluma. Al tocar el timbre un joven con ropa apretadísima me pregunta “¿si?”, “em… vengo a ver a Menganita. La cara del joven cambio y grito “chiica, te buscan” con un tono burlón. Y así apareció la que sería mi compañera de alegrías y penas por los siguientes dos años y medio…

Subí y me presentaron a un montón de gente que creo, nunca podré reconocer, y eso que soy fisonomista. Mi acompañante se notaba nerviosa y con ansias de impresionarme. Después de un rato entre hombres maquillándose y mujeres ofreciéndome bebida, salimos y mientras bajábamos me pasaron una máscara y me pregunte para qué sería…

Caminamos unas cuadras para llegar a la Plaza Italia con banderas del arcoiris oscilando en el aire, con pancartas y con máscaras doradas, yo la llevaba en la mano, pero la mayoría las llevaba puestas y de a poco la música y las voces se hicieron audibles y pronto la cantidad de gente por centímetro cuadrado comenzó a subir. La música tecno golpeaba mis oídos y yo me preocupaba de no perder de vista a mi compañera y además no perder ni un solo segundo de lo que veía.

El ambiente era muy feliz y todos y todas se reían, conversaban, se daban besos y abrazos y todas esas cosas que normalmente los gays y las lesbianas no se atreven a hacer en público. El grupo en su mayoría eran hombres, las mujeres eran pocas y yo allí con mi compañera me sentía alienada, pero integrada a la vez.

Me encontré con algunos conocidos y entre ellos ¡ME ENCONTRÉ CON MI ABUELO Y MI ABUELA! No es raro si se conoce a mi tata Fernando que era el hombre más copuchento que haya conocido… el hacia sus vigilias en la esquina de la casa mirando por encima de sus lentes todo lo que pasaba, así que verlo curioseando este acontecimiento que por primera vez se hacia en grandes magnitudes en el país, no me pareció para nada raro. Los saludé y en un rato se fueron, pero más tarde los divisé caminando por la vereda a lo largo de la marcha.

Uff ese día pinché con una gringa muy potable y caminé mucho. Nos arrancamos de una chica que perseguía a mi compañera haciéndonos pasar por pareja y además tuve una de mis más fuertes premoniciones.

Creo que esa fue la primera vez que sentí que de alguna forma pertenecía a algo. Y en todas esas horas nunca use la mascara, la lleve en la mano y en la nuca para tapar mi accidentado pelo verde-amarillento.

Cuando llegué a casa le conté a mis papás lo genial que había sido y les mostré las cosas que tenia de la marcha. Mi mamá me dijo que debía escribir esto para recordarlo siempre… y así lo hice.

Aun guardo la máscara dorada junto con cartas y cachureos que alguna vez nos regalamos con Menganita, como un recuerdo de esa primera vez en la calle de la mano con una mujer, gritando y sintiéndome parte de algo.