Mi enseñanza media la cursé en un colegio de monjas. Era un colegio chiquito y me dejó muy buenos recuerdos. En mis primeros días en el colegio conocí a Claudia y con el paso de los meses la consideré una de mis mejores amigas en el liceo.

Era moreena, y de pelo crespo y largo. Era muy callada, casi nunca hablaba, yo hablaba casi todo. Pasábamos horas en el sol escondidas de la inspectora jugando con nuestros dedos, haciéndonos cariño. Yo le hacia chistes y bromas y ella reía tan dulcemente. Ella una vez debajo de un árbol me regaló un anillo hecho de ramas… aun lo guardo. A la salida del colegio ella llevaba mi mochila y yo la de ella todo el trayecto al paradero de micro.

Ella me esperaba hasta las seis de la tarde, que era la hora en que terminaba un taller en el que era tutora. Y yo la esperaba a ella cuando salía de voleibol. Me preparaba sándwich para el almuerzo.

En nuestra graduación, abracé a un montón de gente, pero a ella la agarre fuerte y lloré como nunca. Me di cuenta de que estaba enamorada de ella cuando el colegio ya había terminado. En la gira de estudios. Cuando volví a santiago anduve triste por unas semanas, por que sabia, que aunque nos hubiésemos prometido volver a vernos, eso era imposible.