Por Colaboradora
Enviado por Victoria
Hubo un tiempo en que yo quería jugar a ser mil personajes diferentes pero jamás quedarme quieta.
Podía ser una bohemia surrealista sentada en un café por horas escribiendo en servilletas de papel cadáveres exquisitos con un montón de sucios adolescentes como yo. Podía enfundarme en un traje de mi viejo color negro, usar corbata, tener el pelo largo y asumir el rol de filósofa oriental leyendo a Kristna Murti mientras mis amigos varones de turno, escogían la mejor de las “chalas”. Podía ser cualquier personaje de la historia lésbica del mundo. Pero al final, terminé siendo yo no más: una torta de pueblo chico que terminó en una ciudad gay del mal llamado “primer mundo”.
Yo era todo lo que deseaba conocer. El estrepitoso volcán de una cordillera que emanaba palabras como si fuera lava incandescente corriendo por las calles del pueblo rumbo al río que me vio nacer. El zumbido sordo de un grito de libertad y rebeldía; el juego con la muerte y Satanás desde la poesía de nuestro Conde favorito –Latroumont-. Cuestionada por mi amiga que leía a Gosky y se definía como Trokista, replicaba con mis frases de que “el pueblo no está preparado para la revolución lesbiana”. Y es así que me negaba a tomar el estandarte del arco iris y salir a marchar a la 18 de julio. Para mí, la revolución pasaba por el trabajito de hormiga dentro de mi propio hormiguero.
Por romper el silencio en mi propia casa, por responder a los insultos de mi hermana adoptiva, los vasos de cerveza arrojados desde la terraza del club del pueblo, desde los insultos a “torillerademierdaandatedelpueblo,note juntesconmihija” y demás frases de reconocimiento social.
¿Era eso activismo?
Según mi marchosa amiga devota de George Sand, lesbiana y Trokysta, no lo era.
La marchas por aquel entonces allá en el paisito, eran contra la dictadura pero jamás por la visibilidad de nuestras necesidades, y después de todo había una necesidad más grande que reclamar derechos por ser mujer y tortillera: el quitar a los milicos del poder.
Yo creía más en el arte que en las manifestaciones. Creía que todos estaban subidos al barco de la voz por la democracia que no dejaba ser una manera patriacal y machista de ver el mundo. Donde las mujeres no cabíamos a pesar de que algún día una mujer subiera al trono del poder. Para mí todo era una gran caricatura que ocultaba el verdadero sentido de la revolución.
Entonces, mi revolución pasó a ser personal. En el día a día, en el crear la palabra sin soga dentro de mi pequeño entorno.
Fue así que ante la pregunta de mis compañeras de Colegio:
- “¿Tenés novio?”
- “No, tengo pareja”
- “Y que diferencia hay entre novio y pareja? ¿Es lo mismo no?”
- “No, novio es un chico. Pareja puede ser un chico o una chica.
- “Preguntaste que si tengo novio… ¡pues tengo novia!”
Ante tanta convicción mis interlocutoras no tenían otra expresión que bien no dirigirme la palabra o hacerse mis amigas por simple curiosidad. Y ahí comenzaba mi activismo, en poner la semillita del cambio mental. Entonces terminaban diciendo al tiempo:
- “Antes de conocerte no tenía una amiga lesbiana, ahora entiendo que también son personas…”
Mi fuerte personalidad daba pie para no debatir mucho con mi postura de que si era una lesbiana comprometida con la causa o no. Nadie podía dudar de mi compromiso debido a que jamás ocultaba mis ideas o mi identidad, pero tampoco daba de comer perlas a los cerdos. Y salir a la calle con un estandarte de “Soy lesbiana porque me gusta y me da la gana” en aquel entonces no era para mí una manera viable de cambiar el mundo. Sino una linda manera de que me escupieran la cara, me echaran de mi trabajo, y hasta me metieran presa.
Fue así que me dediqué a escribir en algún que otro periódico pueblerino sobre como una mujer que ama a otra mujer es rechazada por el 99% de las instituciones entiéndase familia, iglesia o gobierno. En alguna oportunidad llegué con mi novia de turno a los micrófonos de una radio. Este pasaje por los medios de comunicación no harían que mi postura “anti -marcha” fuese catalogada de falta de compromiso. Sino que fue tomada por la masa crítica de los “entendidos” como una gran contradicción de una estrafalaria torta con delirios de poeta surrealista y filósofa indú, que jugaba a ser anarquista. Pero en el fondo, lo mío no era tomado como activismo.
Siempre pensé que las revoluciones eran “face to face”, y que de nada serviría cambiar las estructuras mientras mi naturaleza siguiese igual. Pasarían miles de marchas para que “algo” cambiase en la mentalidad de mi pueblo. De echo, pienso que ni todas las marchas en la historia de mi país, ni el tener una plaza con el nombre de la Diversidad Sexual, ha cambiado absolutamente nada en la mentalidad de mi pueblo machista, patriarcal, misógeno y lesbofóbico. Aún teniendo el llamado gobierno de Izquierda Progresista en el poder.
Mi memoria lesbiana indica que la lucha sigue siendo la misma, pero las técnicas de combates no pueden seguir siendo iguales. Por una simple razón, las épocas cambian. Creo que la desnudez Hippie frente al mundo en nombre de la paz no causarían el mismo efecto hoy, que en los 60. Más que revolucionario sería un simple carnaval de nostalgia.
Los procesos históricos son largos y mutantes y así es el proceso con nosotras mismas.
La aceptación puede llevar toda la vida o puede llevarnos menos. Lo triste es esconderse bajo la piel de otros personajes, ser anónimas, o camuflarnos en que los cambios llegaran con paciencia.
La paciencia muchas veces suele confundirse con pasividad y el activismo, con el ruido desenfrenado de la marcha en carros alegóricos. Creo que ni lo uno ni lo otro es manera viable para lograr nuestra revolución.
Cómo padezco de buena memoria para algunas cosas, he revisado mi historia sobre la definición de activismo. En verdad, ha sufrido cambios, pero esos cambios han tenido que ver con mis procesos personales y también con los históricos. No todo lo que brilla es oro, así que no es fácil ser lesbiana públicamente ni en San Francisco (en el estado de California USA) ni en San José de Mayo (en Uruguay). En definitiva no hay lugar en el mundo que sea el paraíso social para una lesbiana. Pero donde quiera que estemos, deberíamos revisar que cosas estamos haciendo para que nuestro pequeño mundo nos respete como merecemos.


La Rosa Roja dijo...
La revolución pasaba por mi trabajito de hormiga dentro de mi propio hormiguero. Es muy cierto, Victoria. Besos!!!!!!!
August 19, 2006 @ 12:27 pm
biank dijo...
Tienes mucha razon en lo q dices.Es una lucha constante!!!Y ni siquiera viver en San Francisco como lesbiana es facil dimelo a mi q tengo casi 10 anios aqui,
November 23, 2007 @ 9:55 pm