Por Colaboradora
Por Victoria
“El orgullo, -decía mi padre- es algo que se lleva calladamente en la sangre”.
Desde esa frase inaugural sobre el orgullo familiar aprendí, que debía distinguir bien entre las voces del silencio que intentan callarme y los ruidos que me distraen de lo que verdaderamente creo.
Según su pensamiento, clamar a los cuatro vientos sobre lo que uno es, era caer en el pecado de la vanidad y la soberbia. En el plano político y social, mi progenitor, también abogaba por los cambios silenciosos. Creía que manifestarse públicamente contra gobiernos represores o contra una guerra, era cosa de “comunistas revoltosos”. Un verdadero patriota que deseaba el cambio social, debía guardar silencio y demostrar únicamente su valentía, en las urnas de votación cada cuatro años.
De acuerdo a las ideas de mi progenitor, sus nietos seguirían viviendo hoy bajo el régimen militar de los setentas. Ya que el pasaje de la dictadura militar, a la seudo democracia en América del Sur, sobrevino gracias la voz del pueblo que tuvo la valentía de salir a las calles y romper el silencio manifestándose -entre otras cosas- con cacerolazos.
El silencio en mi familia era como un idioma. Sin hablar, siempre se sabían las verdades. Jamás durante mi adolescencia necesité presentar a mis novias como novias. A cada visita de ellas, mi padre, se encargaba de ofrecernos su recamara matrimonial. Quedando establecido para el resto del clan que aquella nueva mujer, era la actual pareja de su hija menor. El asunto era aceptar sin nombrar ni dar título. Una cómoda manera de continuar el equilibrio y la paz familiar. ¿Para que mostrar mi orgullo en palabras si tenía la cama servida y la cena en paz?
Lo que se ve no se pregunta. ¡Si jamás use falda ni jugué a las muñecas! ¿Que necesidad tenía mi pobre padre de escuchar en las calles del pueblo, el orgulloso activismo lésbico de su hija? El orgullo ya me había enseñado él, se llevaba en silencio y por dentro. Así que tuve que esperar unos añitos más para poder disfrazarme de fantasma y recorrer las avenidas de la capital del país, con un estandarte que decía: “Soy lesbiana, porque me gusta y me da la gana” Claro que, con la cara tapada. No fuera que mi título de Profesor en Secundaria quedara descalificado, y me removieran del cargo que me había costado cinco años obtener. Era bien cierto, que la mayoría de mis colegas hombres eran maricas. Pero una cosa era serlo y otra era ¡manifestarse orgullosamente “puto” en la avenida principal!
Siguió el curso de la historia. Mi país dejó de ser gobernado por dictaduras militares y en el 2005 Montevideo, inaugura la Plaza de la Diversidad Sexual bajo un gobierno de izquierda. Las manifestaciones por el orgullo en América del Sur parecieran evolucionar. Mis amigos ya no salen de fantasmas, ahora caminan a cara descubierta. Esto no significa que la batalla por la dignidad esté ganada. Pero digamos, que los retos a vencer en el sur, son diferentes que los que enfrentamos durante la década de los setentas.
En el norte la historia continúa diferente. Los activistas en San Francisco, nos daban lecciones de lucha feminista y pronunciamiento contra la represión conservadora. Las lecturas sobre las marchas con contenido político en California, eran la Meca para mí. Soñaba con marchar en grupos que elevaran las pancartas y pronunciaran discursos en contra de la política racista y homofóbica de los gobiernos opresores de éste país.
Marchar con los grupos lgbt , pronunciándose contra la guerra de Irak, (así como un día se pronunciaron contra Vietnam) contra la política anti inmigratoria que deshace parejas y destruye familias; contra la caza de mexicanos y centroamericanos en Arizona (como si fueran patos), contra el recorte de presupuesto para la lucha contra el HIV. En fin, esos temas tan “superfluos” y sin importancia para una lesbiana latina inmigrante, en la costa oeste de los Estados Unidos.
Más exactamente para una latina que vive en el corazón de West Hollywood.
Esta ciudad gay blanca que para el 28 de junio, meterá tanto ruido en mi cabeza, que lograra distraerme del verdadero sentido de mi orgullo. Santa Mónica Bulevar se convertirá en una gran carnicería donde exponer el mejor “lomo” gay, o en su defecto, en la vidriera pública de “exponga aquí su trasero al aire”.
Suerte que éste año no coincide con elecciones nacionales, sino tendré que soportar nuevamente decenas de políticos desfilando pro-campaña electoral por el famoso “voto gay”. Me llenaran de publicidad de bares, tiendas de juguetes sexuales, y tendré condones gratis y lubricantes a doquier en mis bolsillos. La otra alternativa de festejo, si pagamos 40 dólares tendremos acceso a tres pistas de baile, compra de alcohol, y oportunidad de levantar amante nueva. Después de todo la palabra “gay” significa alegría, y orgullo vanidad o soberbia (según la Real Academia Española)
Coincido con mi padre que mi orgullo puedo llevarlo en la sangre, pero ni coincido con las voces de su silencio ni con el ruido sin sentido de las marchas del norte que hasta hoy, he vivido. Claro, no puedo meterme en la cápsula del tiempo y regresar a los sesenta o a los setenta. Pero puedo soñar con una marcha del orgullo que me identifique en mis reivindicaciones políticas como lesbiana inmigrante y analice las contradicciones de mi propia comunidad lésbica, gay, bisexual y transgénero.
Victoria
Los Angeles, 2005

Pequeña Saltamontes dijo...
Y ahora, grítalo!
June 21, 2006 @ 12:58 pm
La Rosa Roja dijo...
Me gustan tus relatos, Victoria. Coincido con eso que dice tu padre de que el orgullo puede llevarse en la sangre. Con respecto al silencio, no creo que deba ser definitivo ni permanente pero sí creo que depende de en qué lugar una se encuentra va bien hablar o mejor es callarse. Coincido con algo de lo que dijo tu padre acerca de que tampoco es obligación de andar diciendo por la calle o en todas partes absolutamente todo de uno. Una no dice, soy radical, soy peronista, de izquierda o de derechas, una no está diciendo a los cuatro vientos si es casada, viuda, cuántos hombres o mujeres tuvo etc. etc.
Con eso (a modo de ejemplo) quiero decir que tampoco es una obligación tener que decir si una es lesbiana o no lo es. Sin ir más lejos, creo que el ejemplo más claro se ve en las mujeres heterosexuales. Fijate que ellas no van por todos lados diciendo que son heteros. También existe algo que se llama intuición en las personas y la gente intuye lo que somos aunque no lo digamos. Perspicacia también.
Besos.
P.D.: no me gustan las marchas.
August 19, 2006 @ 1:14 pm
48. dijo...
Rosa Roja… lo que pasa es que las heterosexuales no tienen que decir que los son porque TODAS las mujeres del planeta son heterosexuales para el mundo hasta que se pruebe lo contrario. Y una lesbiana que pasa por hetero (algunas ven eso casi como una cualidad, no se porqué) es una lesbiana que invisibiliza su propia realidad.
Tampoco creo que se trate de “gritar a los cuatro vientos” (alguien hace eso? no será mucha exageración?) la orientación sexual de cada una… sólo de no ocultarse en la cómoda heterosexualidad que supone el mundo de todas nosotras, y que anula la existencia de tantas que no lo somos. Porque la intuición está generalmente en las mismas lesbianas… al final las únicas que tienen que dar siempre la cara son las “obvias” a las que muchas de sus pares critican desde sus calladitos looks hetero (y a veces ni tanto).
August 19, 2006 @ 4:43 pm
bomberita dijo...
Como ya lo habia dicho antes, eso de las marchas ok ya sabemos que queremos llamar la atencion pero no creen que en vez de beneficiarnos denudandose casi casi en la calle, nos perjudica aun un poco mas? por que no hacer una marcha en silencio? como la que se hizo por la paz o algo asi??? como sea me parece excelente el punto de vista desde tu perspectiva. gracias lo tomare de ejemplo.
February 21, 2007 @ 9:48 am