Por Carito

Brasil. año 1996… Mi primer amor fue en el convento, sí yo sería religiosa, estaba a unos meses de realizar mis votos para ser religiosa. Vivía en la casa del Noviciado, en ese verano llegarían las nuevas postulantes, la primera en llegar desde Maringá fue Adilse, una niña muy linda, simpática, alegre.

Al cabo de unos días ya éramos muy buenas amigas, tal vez sin darnos cuenta pasábamos todo el tiempo libre que teníamos juntas. Esa cercanía se hizo más profunda cuando por las noches nos quedábamos hasta la madrugada conversando. Nuestros dormitorios estaban al lado y por nuestro balcón salíamos a conversar.

Sólo que con los días ya no era sólo diálogo, también comenzamos hacernos demostraciones de afecto, caricias, nos escribíamos mensajes y si alguna de las dos salía a la calle nos avisábamos.

Yo me estaba enamorando de ella, y una noche pedí para ella dejarme entrar a su dormitorio, ella accedió y cuando nos encontramos en la oscuridad de la noche, nos abrazamos eternamente, nuestros corazones ya salían de nuestros pechos y por primera vez nos besamos… un beso inocente, tierno, mi primer beso con una mujer.

Todas las noches nos encontrábamos en su dormitorio o en el mío, nunca nos sorprendieron las monjas que vivían con nosotras.

Pero llegó el día que ella debía mudarse a otra casa y yo debía regresar a Chile… La última noche juntas fue triste, porque sabíamos que de encontrarnos sería difícil.

Cuando regresé a Chile, pedí salir de la congregación, estaba enamorada, la amé por mucho tiempo, pero ella decidió seguir en el convento, luché por ella, regresé a Brasil… pero nunca conseguí una palabra, tampoco una respuesta a mis cartas.

Siempre será mi primer amor, el más bello, el más sano, el más difícil de superar.

Hoy en esas casualidades de la vida, me enteré que aún sigue en las monjas. Y en el fondo de mi corazón aún le tengo cariño.