Por Pilar
Recuerdo que empecé a sentir una fuerte atracción por las mujeres cuando estaba en el colegio, que era sólo de chicas. Una compañera de curso, de mirada coqueta, pelo bonito y una voz de diosa, me hizo ver que en realidad los hombres me daban igual y que me gustaba mucho que ella (o cualquier chica) me dijera que le parecía atractiva vestida de chico. Después me gustó recibir cartas anónimas en el casillero, de parte de otra chica, y así sucesivamente.

De eso han pasado varios años. Admito que he tenido un par de dudas, y que hasta me atrajo un amigo gay que tengo, pero eso también me ha ayudado a afirmarme más y más en lo que soy y en mi relación con mi actual pareja, a la que amo. Estoy hace dos años y medio con ella, con planes de vivir juntas, de formar nuestro hogar, y no caben dudas de ningún tipo a estas alturas. Menos con lo que viví esta noche.

Mi madre vive con mi novia y conmigo. Es tolerante, depresiva, viuda y cariñosa. Mi novia está trabajando lejos de casa por ahora, por lo que con mi madre tratamos de distraernos, especialmente ahora que estoy de vacaciones, y resulta que justo para esta noche ella había sido invitada a una despedida de solteras, a lo que yo dije “¡Ni loca voy a eso!”, y a lo que ella dijo “No tengo ganas de ir, pero acompáñame, ¿por favor?”, con esa terrible cara de súplica que suelen poner las madres. Y entonces cedí: me atrajo el hecho de que iba a tomarme una buena cerveza y de que iba a ver un montón de mujeres reunidas en un solo lugar.

No resultó mucho. No puedo ser hipócrita: esos vedettos desnudos con todo su aparato afuera definitivamente me producían una mezcla de asco y vergüenza ajena. Los hombres bailaban sobre una pasarela, moviendo su cuerpo, las chicas aullaban…Habría sido todo negativo de no ser porque se me ocurrió ver otro tipo de show, paralelo al de los machos calientes. Y estaba a mis espaldas.

Era una chica de tez clara, pelo oscuro, ojos muy bonitos y vestido negro. Y aunque estaba algo ebria, era guapa. Me dediqué a mirar cómo saltaba, y cómo se movía. Después había cerca de diez chicas más, eufóricas ante un pene bailarín, pero todas eran bonitas. Y mirarlas no era nada malo. Era otro show, del que ellas no se percataban, y del que yo disfrutaba un poquito, forrada en mi muy poco hétero chaqueta de cuero, con polera y jeans desgarbados.

Al final no aguanté mucho más el griterío femenino, ni los desfiles de penes. Era obvio por qué no quería estar ahí, y mi madre se quedó una hora y media más, que yo ocupé durmiendo en el automóvil. Era mi opción, ya que ni la vista de las chicas bonitas y ululantes era suficiente para tolerar canciones de Marco Antonio Solís o Luis Miguel en mis oídos.

Confirmadísimo, no soy bisexual, ni estoy cerca de a ver de nuevo hombres desnudos bailando. Pero hoy descubrí algo: ¡Damas y caballeras, el mejor Show en un viernes femenino está justamente en mirar a las mujeres!