Por COGAM

El miércoles pasado Telecinco emitió en el programa Hormigas Blancas, la tercera parte del monográfico dedicado a Isabel Pantoja. En los capítulos anteriores se recorrió su juventud, su matrimonio con Paquirri, sus galas, sus discos,… En el capítulo de esta semana trataban la historia reciente de la artista. Durante varias horas estuvieron analizando la relación de amistad que tenían Isabel Pantoja y Encarna Sanchez. Había tertulianos evitando nombrar la verdadera naturaleza de la relación entre ambas por si hubiera abogados viendo el programa bien atentos y dispuestos a interponer la demanda oportuna.

Durante varias horas, vi las fotos de la locutora y la tonadillera en la playa, en la presentación de un disco de la Pantoja, en la comunión del hijo de la Pantoja, y continuamente se hablaba de su intensa amistad, se decía que Encarna estaba obsesionada con Isabel –porque la lesbiana era Encarna, que no la Pantoja, claro-. Una y otra vez, a pesar de las mil pruebas que en cualquier otro caso –hetero o gay- hubiera bastado una mínima parte para afirmar con rotundidad la existencia de una relación sentimental, aquí no se pasaba de amistad llegando todo lo más a calificarla de intensa.

De igual manera pasó cuando hablaron de Maria del Monte. Pasaron videos de cuando la Pantoja, estando en México de gira, se plantó en España para estar presente en la presentación del disco de la del Monte, se veían las caras, las miradas, los gestos, la forma de cogerse la mano o agarrarle del brazo. Insisto, por mucho menos, cualquiera hubiera dicho que ahí había mucho más que una amistad. La Pantoja y la del Monte llegaron incluso a adoptar una niña, iban juntas de vacaciones, asistían a fiestas juntas, la Pantoja le dedicaba canciones en sus recitales, en los cuales la del Monte se levantaba y saludaba a la artista y mientras la Pantoja le recordaba lo feliz que le hacia la relación que mantenían sin que “me importe lo que diga la gente” que a mi me pareció como si se fuera a arrancar a cantar “A quien le importa”.

Es increíble que a las alturas en las que estamos, cuando vemos todas las tardes a Jesús Vazquez haciendo visibilidad gay con gran sentido del humor o a otros tantos, todavía decir la palabra “lesbiana” no solo les cuesta, parece que les aturulle en el paladar, agarrándose a los dientes para no salir, sino que además, están acojonados por miedo a una demanda por infames calumnias por haberla acusado de lesbiana.

Pasan los años pero seguimos igual. Por un lado, la palabra lesbiana está asociada a una inmediata denuncia por injurias y calumnias, como la que le cayó a Carmen Rigalt cuando se atrevió a decir de Alejandro Sanz que era gay. Decir que tal o cual persona es lesbiana debería ser como si te dicen que eres rubia de bote cuando tu pelo no ha visto un tinte jamás y de toda la vida has sido rubia platino. Seguro que nadie se plantearía interponer una denuncia, con desmentirlo tranquilamente tendría suficiente. Pero aquí la gente se cabrea muchísimo, parece que atacan su integridad, su honor, como si ser lesbiana fuera lo peor, lo más infame, lo más abyecto que se pueda ser.

Salvo alguna excepción, todas las que lo son huyen despavoridas de cualquier mención a su vida privada. Todas las conocemos, porque esto es relativamente pequeño y entre el radar que te dice que bajo ese aspecto de perfecta hetero y muy hetero se esconde una bollera harta de vivir pendiente de que no la pillen y deseosa de vivir en libertad, y los comentarios de tus amigas que cuando no paso por la cama de una, paso por la de la otra, sabemos quienes son. En un país donde la sociedad ampliamente acepta la diversidad afectivo sexual, donde se ha dado un aluvión de bodas de gays famosos en los últimos 18 meses, todavía me cuesta entender qué están esperando algunas para dar el paso. Sobre todo algunas que lo tienen todo resuelto, que en sus círculos personales y profesionales son mujeres muy valoradas.

En las primeras jornadas de Políticas Lésbicas organizadas por la FELGT Jennifer Quiles hizo una ponencia sobre esto mismo, y la terminó diciendo que –de esto hace ya mas de 3 años- ser lesbiana era la suma de dos cosas, ser mujer y ser homosexual y que ambas dos estaban estigmatizadas por la sociedad. Que nuestro trabajo consistía en revertir la fórmula y convertir el ser mujer (algo positivo) más el ser homosexual (algo positivo) en ser lesbiana (algo doblemente positivo).

El programa del miércoles me trajo a la realidad de cuan lejos estamos aun de revertir la fórmula. Desde este blog quisiera pedir, a gritos si es necesario, que den la cara ya de una vez, lo primero por ellas mismas, y lo segundo por las que se lo pedimos. Qué distinto les seria ser lesbiana a las generaciones futuras si tuvieramos referentes lésbicos positivos reales, más allá de las lesbianas de la ficción.

En fin, al menos tenemos “The L Word”.

Fuente:
cogam.blogspot.com