Por Miss Fiamma

Sally conoció a Sally por la más pura de las casualidades. Había enviado, cual mensaje en un botella, una respuesta por medio del ICQ. Sally vivía con su madre desde hacía algunos años. Ya había pasado los 30 años y había decidido que no quería volver a tener novio… sino novia. La PC había ayudado en la empresa, había conocido a una argentina que residía en los EEUU. Pero eso no era una novia. Era una lejana y amorosa “chica del clut” con la que podía chatear. Sólo eso.
Mientras tanto la otra Sally, salía de su segunda historia con una mujer de la manera más dolorosa posible: había descubierto su nobel cornamenta. Plafff. Cachetazo. Bloooom. Puerta que se cierra.

Sally y Sally comienzan a escribirse, chatean un poco, se intercambian números de teléfono y, finalmente, se conocen. Comienzan la relación a principios del mes de septiembre. Apenas estrenábamos el siglo XXI. Sally presenta a la nueva Sally a todo su selecto círculo. La lleva a que conozca lugares “de ambiente”. La recién incorporada gana el tiempo perdido en los últimos años y consume vorazmente todas las temporadas de L-Word y cuanta película ad hoc se haya presentado en el mercado de habla inglesa, hispana, bengalí, etc. Sally se transforma en la consulta obligada para quien no sepa dónde conseguir “Goldfish memory” o “Tipping the velvet”.
Llega el verano, van juntas de vacaciones. De regreso, se dan cuenta de que no quieren separase. Sally llega a Buenos Aires y pasa rauda por la casa de su madre a retirar todos sus efectos personales: “Mamá, me voy a vivir con Sally”.

Sally y Sally siguen juntas y regularmente agasajan a su grupo de amistades con suculentas cenas preparadas por sus propias manos o fabulosas excursiones. (bueno, lo de las cenas podría repetirse más seguido, ¿verdad?)

NoTa: Ninguna madre resultó infartada en la producción de esta historia de amor.