Por Encantada
Mi nueva vida empezó el día en el que dejé a mi ex novio. Ese mismo año me hice budista, vegetariana, renegué del amor y supe que tres de mis amigas eran lesbianas.
Esto último me sacudió profundamente. Por alguna razón instintiva, las entendía. Comprendía su situación, a veces mejor que algunas de ellas, y lo que es peor, me daba envidia. Envidia era la única palabra que encontraba, por aquel entonces, para describir una profunda emoción.
La envidia se transformó en algo más cuando una de mis amigas me relató cómo se había enamorado de una chica por primera vez. Recuerdo haberme quedado clavada en el sitio mientras ella me describía sus primeros besos, el primer encuentro sexual, la certeza tan viva de que siempre estaría con ella, de que su relación inundaría su vida hasta el final. Ese mismo día, poco después de despedirnos, tuve uno de los ataques de llanto más fuertes de mi existencia. Lloré, lloré durante horas sin saber por qué, recordando todo lo que mi amiga me había contado, sufriendo lo indecible porque su relato había despertado algo dormido durante años en mi interior.
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