Por Miss Fiamma

Yo tenía 12 años. Había comenzado el Liceo. No me gustaban los varones ni las mujeres. Estaba “en otra cosa”. Hasta que la conocí a ELLA. ELLA era profesora de geografía. Ni siquiera era MI profesora (lo que yo hubiera dado por que ella fuera algo mío…). Se llamaba Celina, debía tener algo más de treinta años y era, según mi confiable definición, la mujer más hermosa del mundo. Rubia, delgada, con manos muy delicadas y un anillo de sello en oro en el meñique. A veces usaba unos pantalones de cuero que me dejaban k.o. Tenía un andar particular. Imposible de describir. Caminaba con una elegancia calma que me capturaba. Tenía rasgos hermosos, como nunca había visto a mis jóvenes años.

La amé (porque eso era amor, mis queridos) a lo largo de toda mi escuela secundaria. Sólo fui su alumna por quince deliciosos días, cuando ella cubrió el oportunísimo accidente que tuvo la que era mi profesora. Ella se paró frente al pizarrón y se dedicó a escribir una larguísima lista de accidentes geográficos junto a un planisferio. Yo tenía ya 13 años y me volví una experta que señalaba el mar de Mármara o el estrecho de Oshkosh a ojos cerrados. Ella poseía ese conocimiento. Si yo lo compartía, también tenía algo de ella…

Averigué su dirección y pasaba “casualmente” por la puerta de su casa cada sábado. Conocía sus horarios en el Liceo y la cruzaba “casual” y permanentemente por los pasillos. Como premio a mi tezón, recibía su sonrisa.

Ella también me miraba… pero creo que era por la tremenda cara de ternera degollada con la que yo la contemplaba. Yo era una linda adolescente, muy buena alumna… pero la cara de enamorada me perdía.

No podía ni pensar en hablar con ELLA. Era la mujer perfecta: exacta y distante como un astro. Y eso me venía bien. Casi hasta los 17 no tuve ningún encuentro real con otra mujer: primero, porque no me animaba; segundo y protectoramente, porque ninguna podía comparársele. Además y por esa misma época comenzaron a aparecer los comentarios de que ella era “rara”, “torta”. “¡LESBIANA!” Y que era la novia de un tortón patrio que daba clases de matemática: Luciana, quien no me sonreía por los pasillos y me miraba con cara de desprecio. No me mortificaba tal hecho: ya sabía que además de mí, al menos había otras dos lesbianas en este mundo.

Cuando terminé 5to año, le llevé mi amor, mi sonrisa y mi último guardapolvo blanco para que me lo firmara, tal como era costumbre. Ella, para mi sorpresa, la bella no me pregunta el nombre y pone la dedicatoria: “A Miss Fiamma con todo mi cariño”. Luciana cayó a los dos minutos y se la llevó volando a ella y a mi derecho a réplica. Unos días más tarde, ella se acorcó a hablarme. “Disculpá lo del otro día, ya sabemos cómo es Luciana “. No, yo no sabía, sólo lo imaginaba. Tal como la imaginaba a ella dándome la mano o paseando una tarde del brazo.

Un domingo al abrir la revista de diario Clarín sentí que se me salía el corazon por la boca: Celina estaba allí. Rubia, hermosa y sonriente. Sólo me estrañó verle el pelo un poco más largo. Al leer el epígrafe de la foto se abrió el horizonte. Era Catherine Deneuve.

Y así orienté mi sexualidad casi al mismo tiempo que mi amor por el cine francés. Toda una utilitaria.
;)

P.S. También le escribí una serie de sonetos. Leía apasionadamente a Sor Juana en ese momento y era una adolescente. No creo que me anime a publicarlos. No y no.