Por Pilar

Desde hace un tiempo que la sexualidad y sus interpretaciones dejaron de ser un tema para mí, como buena capitalina que soy: las cosas son como son, y naturalmente (pero no por eso sin dificultades), no hay dobles estándares, ni posibles retransformaciones conceptuales de cualquier tipo, como tampoco hay actitudes que reemplacen la verdad, al menos, por mi parte.

Sin embargo, siempre debo recordar que no todos vamos al mismo ritmo, y eso se pone en manifiesto cuando tienes una pareja. Hace ya tres años y medio que estoy con una persona bellísima, que guarda una relación de lo más especial con sus padres, en cuanto a estar o no afuera del closet, y más aún, con los conocidos y familiares de la región de donde ella proviene. La frase es repetitiva: “¿Y si ellos me preguntan, o si le preguntan a mis padres?”. Yo suelo mirarla con paciencia, y generalmente no sé cómo responderle, y es que ser de regiones (aunque ella viva conmigo en Santiago) implica una serie de cosas, que yo no he experimentado.

Mi novia practicaba cierto deporte de equipo estando en el colegio, de hecho, lo hizo durante 10 años. Hace poco la llamó una ex compañera de equipo, muy hétero, para decirle que todos los antiguos amigos iban a reunirse allá, en la región donde antes vivía mi novia, para pasarlo bien y ver cómo estaban todos después de tanto tiempo. En algún momento de la conversación telefónica, la chica no dudó en preguntar “Y tú, ¿estás pololeando o no?”, pero mi novia no le contestó nada, porque conocía a sus antiguas amigas, y sus prácticas para extraer información eran implacables. No iba a mencionarme, ni iba a negarme (realmente no sé cómo lo haría), pero no iba a decir sí o no.

M, que así llamaremos a mi novia, prefiere callar frente a tal pregunta. Siempre prefiere el silencio, porque sabe que en regiones la cosa es seria. M se mueve entre los círculos relacionados con el deporte que practica, además que sus padres pertenecen al mundo de la salud (hospitales, doctores, donde todos se conocen) y ya con eso estamos abarcando una gran cantidad de personas, que pueden ir y preguntarle a su madre o a su padre “Hey, ¿¿¿es cierto que tu hija es lesbiana???”, y desatar una tragedia griega en su familia, sólo porque el resto de los amigos, jefes, parientes, conocidos o lo que sea supo del “bochorno”. Esta idea por sí sola aterroriza a M, y por eso vota por la ambigüedad, por no decir nada, y negarme, pero no negarme como su pareja.

Cada vez que sé de esta situación me pongo seria, y M termina pidiéndome perdón, por no ser valiente, como dice ella. Generalmente, lo racionalizo todo, y es que entiendo que, como dije, no todas vamos al mismo paso. M no es la excepción, y aunque viva en Santiago, tiene una raíz grande en su región natal y un pasado tierno que mantener intactos, para no provocar un desastre emocional, una comidilla de chismes entre hospitales, deportistas y su familia.

No es que me agrade la idea, pero es SU forma de enfrentar a los demás, al menos por ahora. Sólo espero que algún día logre superar el perfil algo temeroso que le ha dado la vida local, el ánimo morboso que reina en todas las ciudades pequeñas cuando alguien no es “normal” y que su familia acepte con calidez y comprensión que su hija no es hétero, pero sí es una excelente profesional y una persona magnífica, que es capaz de lograr grandes cosas, sin tener que fingir demás.