Por Lydia

Si bien mis padres ya veían algo “raro” en mi forma de vestirme, en mis opiniones tan rebuscadas, en mi constante desafío a la autoridad y las normas, poco les quedaba para que derramara la última gota del vaso de la pequeña revolucionaria. Burlonas pláticas familiares respecto a mis ideales citables: “las feministas siempre son tortilleras” “los vegetarianos siempre son gay, ¿será aplicable a las mujeres?” no me causaban relevancia, pues como bien entenderán mi vida privada era cosa mía. Desastroso y pasional encuentro amoroso termino como declaración familiar de mi evidente preferencia por las féminas, tortuosa confirmación de mi indiferencia con los varones y tragicómica excusa a mis esquivaciones a mis nunca ausentes pretendientes (no carentes de méritos).

Entre uno de estos jóvenes había uno de bastante peculiar pensamiento, el cual era quizá demasiado abierto de mente. Le dije al estimado que lo nuestro no podría jamás suceder, pues el no cumplía mis expectativas. El entendió de inmediato el mensaje –para mi desgracia- comenzó a presentarme amigas suyas, hablábamos pronto de nuestro tipo de chica y la confianza cedió hasta el día en que me dio ese fatal e-mail “recomendado”. Quizá el e-mail no tuviera mucho de fatal, pero pertenecía a una señorita de esas que regalan sus amoríos a quien se le aproxime y tenga buen aspecto. No alcanzamos a entablar conversaciones demasiado interesantes ni siquiera intelectuales, cuando ella me invito a conocerla. Mis desventuras con mujeres, se limitaban hasta aquel entonces a tiernos besos y envolventes conversaciones, limitando lo carnal a palabras y poesías. Ella llegó a destrozar esa concepción de amor. Atravesó mi alma con una pasión fugaz y efímera pues en apenas ese primer encuentro me regaló un beso profundo y atrayente, como esos que sólo había visto en películas. Me alborotó completamente, en mi mente inmadura causó un desastre, a los segundos de ello lanzó la segunda puñalada me invito a descubrirla, me enseñó a descubrirla. Es indescriptible la serie de sucesos que antecedieron a ello pero terminamos en el pasto entre besos y posiciones quizá algo indecorosas para cualquier observador entendido o debidamente morboso, pero lo interesante es que para mi eran carentes de todo propósito sexual y se ligaban más bien a mi infantil idea de caricias. Sentí fuego latir en mi cuerpo, locura, desesperación, sentimientos extraños que no alcancé a descubrir, pues me vi de pronto entre los ya familiares señores de verde citados a la escena por los escandalizados vecinos que los invocaron, acusándome de desorden público, agresivamente uno de ellos exigiendo mi número telefónico –el cual les di, aún embobada por esa mujer- y llamando en breves minutos a mi casa. Informándoles a mis estimados padres del “show lésbico” armado en vía pública.