Por Carmen G. Hernández
Ponencia presentada por Carmen G. Hernández en las III Jornades Feministes del País Valencià, 1 diciembre de 2007. Valencia.

Una de las frases más importantes que he aprendido en mi experiencia feminista es aquella de que “lo personal es político.” Siguiendo esa premisa, consideramos muy oportuno abordar nuestra participación en esta mesa partiendo de nuestras propias vivencias.

A través del discurso feminista he crecido como persona, como mujer, como lesbiana. Sin teoría y movimiento feminista, yo no estaría aquí ni sería la persona que soy. No tendría, posiblemente, el compromiso social que tengo como activista ni sería libre para vivir mi vida en plenitud. El feminismo me ha ayudado y me sigue ayudando a quitarme las cadenas que me tocaron al nacer por el simple hecho de ser mujer y además, lesbiana. A ser más feliz, más plena.

Por encima de teorías, corrientes y posturas, el feminismo es esa herramienta que nos permite entender por qué este sistema nos divide y condena a vivir unos roles más o menos rígidos. Y nos ofrece herramientas para cuestionarlo y cambiar. Asimismo, es una cadena de esfuerzos de miles de mujeres que a lo largo de los siglos han luchado por dejar un mundo mejor a las que venían detrás de ellas. Unos cambios de los que me estoy beneficiando en gran medida.

Me enganché a esa cadena de cambio a principios de los 90. Tuve la gran suerte de empezar a militar en la Asamblea Feminista de Madrid, cuando tenía 19 años (también en la Asamblea Feminista de la Universidad Complutense). Crecí al lado de grandísimas mujeres como Empar Pineda, Justa Montero, Cristina Garaizábal, Mamen Briz, entre muchas otras. Jamás podré agradecer a todas ellas todo lo que me dieron, me enseñaron y me siguen enseñando.

Una de las cosas que aprendí esos años es la importancia de incorporar la teoría y práctica feminista en cada acto de nuestra vida. Y es lo que he hecho desde entonces, aunque no en el que podríamos considerar movimiento feminista tradicional, sino dentro del movimiento LGTB, donde cada día mi compromiso y responsabilidades son mayores.

Me siento feliz al pensar que de alguna manera pertenezco a esa cadena de esfuerzos atemporal que mantiene este movimiento vivo, como un eslabón más entre todas esas mujeres y las que son más jóvenes que yo. Es fundamental para mí pasar el testigo del pensamiento y práctica feminista. Y lo intento hacer día a día.

Se preguntarán, quizás, por qué me fui del MF tradicional al LGTB, y eso forma parte también de esta reflexión. Con todo lo que estaba aprendiendo, llegó un momento en que mis dudas no encontraban respuesta en el discurso teórico y la práctica que veía a mi alrededor. Por circunstancias de la vida, al acabar la carrera me fui a EE.UU. Allí conocí la teoría queer y debo reconocer que ese corpus feminista fue muy revelador, porque me ayudó a entender mis propias dudas: los límites de la identidad, cómo se construye, la diferencia entre prácticas e identidad, el sexo y el género como construcción, distinguir entre sistema y persona…

Al volver a España, me enganché al movimiento LGTB. De hecho, no entré a un grupo de lesbianas, sino al de Identidad de Género y Transexualidad del Col·lectiu lambda, porque era un tema que necesitaba conocer más en profundidad. Mi paso por ese grupo fue otra de las grandes experiencias vitales, porque mis compañeros/as transexuales me ayudaron a seguir profundizando en mi propia construcción como mujer y lesbiana.

Al poco, y animada por el Coordinador General de Lambda en aquellos años, Ximo Cádiz, fundé con otros compañeros el Grupo de Estudios de Lambda, Zona de Intensidad. El propósito principal era incorporar la lectura y debate feminista en el seno de este colectivo mixto. Una experiencia realmente fantástica.

Pero no sólo he incorporado el discurso feminista en grupos o áreas de trabajo LGTB. Mi discurso cotidiano parte de un análisis transversal feminista. Cada charla, cada taller, cada reunión, cada artículo destila esta mirada. Intento explicarlo no sólo a otras compañeras sino a mis compañeros también. No me canso de repetir, como explica esa gran investigadora que es Dolores Juliano, que “La manera de desactivar la homofobia es desactivando la dicotomía de género”.

Así pues, el feminismo sigue siendo algo fundamental en mí. Como lo es para muchas otras mujeres jóvenes que desde fuera del MF tradicional promueven los feminismos. Creo que uno de los problemas que tenemos al analizar la realidad del MF hoy, sobre todo cuando hablamos de relevo generacional, es precisamente que quizás, como plantea mi compañera Laura, debemos ampliar ese imaginario del llamado MF: hablar del MF incluyendo a todo aquel movimiento social en el que se haga una praxis feminista. O bien entender que el feminismo no se circunscribe a las organizaciones autodenominadas feministas. Porque quizás el relevo generacional no se está dando fundamentalmente dentro de las plataformas y estructuras feministas de los 80, sino en otros movimientos sociales. Podemos analizar entre todas este punto.

El mayor peligro de ese hecho es que los nuevos eslabones de la historia feminista pierdan su conexión con los anteriores. Y es algo que debemos abordar e intentar solucionar. Porque todo ese bagaje, todas esas experiencias no deben quedar en el olvido. Sobre todo porque nos condenamos a repetir los mismos errores y quedarnos con una historia llena de vacíos o medias verdades.

¿Y por qué se ha producido esa ruptura? Desde mi perspectiva, hay una serie de temas en los que muchas mujeres jóvenes hemos encontrado diferencias respecto a otras compañeras más experimentadas (sin pretender generalizar, por supuesto): cuestionamiento de la bisexualidad o de las prácticas sexuales bisexuales (en el caso de algunas lesbianas feministas); entender que ser mujer es sólo una cuestión biológica y rechazar a las mujeres transexuales como mujeres; el profundo rechazo al trabajo mixto o hablar de los hombres en general como el enemigo y no ver que también ellos están sometidos a la dictadura sexo-género; dejar el tema de la orientación sexual en un segundo plano (sobre todo mujeres heterosexuales), el uso de juguetes sexuales (dildos) o pornografía, etc. Evidentemente, ni todas las feministas mayores están a favor ni todas las jóvenes en contra, pero sí que he notado a lo largo de estos 15 años cómo estas cuestiones tendían a salir en foros intergeneracionales. También he notado dos elementos de distanciamiento: las formas organizativas y el lenguaje.

No propongo en absoluto que tengamos que cambiar la manera de cada una de hacer activismo o nuestra manera de organizarnos. Pero sí creo que tenemos que reflexionar sobre estas diferencias y tender puentes que permitan conocernos desde la diferencia y crecer.

Por otro lado, el hecho de que quizás el mayor relevo generacional se esté dando fuera del MF tradicional no significa que esté siendo masivo, ni mucho menos. De hecho, estamos viendo cómo entre las más jóvenes están desarrollándose algunos patrones de conducta violentos que nos producen estupor en generaciones más mayores. El pensamiento y movimiento social feminista sigue siendo un grandísimo desconocido, rodeado de grandes prejuicios. En parte porque sigue silenciado del canon académico (que no le reconoce en su justa medida el rol revolucionario que ha tenido), es denostado en los MCM, y sobre todo porque muchas mujeres no distinguen entre empoderamiento y emancipación. El hecho de poder votar, tener un trabajo remunerado, tomar anticonceptivos, no depender del padre o del hermano (estar emancipada) no implica que una mujer esté empoderada, que sea consciente de estar sometida a un sistema sexo-género que sigue discriminándola.

Esa consciencia la da conocer el pasado, entender los mecanismos de opresión y la necesidad de seguir luchando contra ellos para poder utilizar la palabra y ejercer con autonomía su cota de poder.

Hay mucho trabajo que hacer para hacer llegar los feminismos a las nuevas generaciones. No sólo a las mujeres, sino colaborar para que llegue a los hombres también. Soy optimista, porque el feminismo sigue vivo, aunque ha mutado a nivel organizativo y teórico, y cada día es más necesario para conseguir una sociedad de seres humanos plenos, libres, empáticos y solidarios.

Creo es maravilloso que haya hombres que apoyan el feminismo y que lo usen como estrategia de cambio social. Que las mujeres jóvenes que somos feministas ejerzamos el feminismo fuera del movimiento feminista tradicional: desde los partidos, los sindicatos, el movimiento lgtb, el ecologísta, el de derechos humanos, el de comercio justo, las universidades, etc. etc. Y que lo hagamos a solas y/o junto a hombres.

En definitiva, el relevo del movimiento feminista tradicional no ha muerto sino que se ha transformado en gran medida, ha mutado, saliendo de sus límites tradicionales y permeándose en otros movimientos sociales o reformulando algunas de sus estrategias más antiguas. Creo que no debe entenderse como algo negativo, sino más bien lo contrario. Creo también que necesitamos más puentes intergeneracionales para poder explicar, quizás con otras formas y vocabulario, lo que ha sido, es y seguirá siendo uno de los movimientos sociales más importantes y radicales de toda la historia de la humanidad.

Gracias a todas.

Fuente:
felgt.org