Por Colaboradora
Por Esther Vargas
Texto publicado en el diario Perú.21 el 10 de abril de 2008
Una universidad que forma periodistas y que –según el comercial que la promociona– “piensa en grande” no puede propiciar la intolerancia y la discriminación. Se supone que en sus aulas se prepara a comunicadores íntegros y valientes. Sin embargo, la tarde del martes me topé con una sorpresa: una profesora lesbiana resultaba incómoda, perniciosa y no grata.
Esa profesora soy yo. La universidad es la San Martín de Porres, facultad de Ciencias de la Comunicación, donde estudié la carrera.
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Desde hace un tiempo que la sexualidad y sus interpretaciones dejaron de ser un tema para mí, como buena capitalina que soy: las cosas son como son, y naturalmente (pero no por eso sin dificultades), no hay dobles estándares, ni posibles retransformaciones conceptuales de cualquier tipo, como tampoco hay actitudes que reemplacen la verdad, al menos, por mi parte.
Últimamente me encontraba en el blog con muchas preguntas acerca de como hacer para salir del armario y es por eso que me decidí a escribir este pequeño artículo en lugar de responder a cada una de ustedes por medio de los comentarios. Dado que es un momento tan difícil pensé que sería mejor si concentramos toda la información en un solo post y así entre todas podemos darnos consejos y hablar de nuestras experiencias.
Sally es argentina y vacacionaba en una concurrida playa griega. Acababa de pescarse un fenomenal embole a causa de un desencuentro con una compatriota histérica. Pero como nada justificaba embolarse en el paraíso, Sally pensó en remontar su situación y salió a pasear por el centro.
Desde que salí del clóset por segunda vez hace once años creía tener claro que todo el mundo debía hacer lo mismo a como diera lugar; con los amigos, en el trabajo y sobretodo con la familia. A como diera lugar quiere decir que no debía importar ni el lugar ni el momento, porque lo fundamental era quitarse ese piano de encima y empezar así a andar ligero por la vida.
Se han tejido tantos mitos sobre las lesbianas, y hemos sido víctimas de tantos estigmas, que cuando alguien descubre su preferencia por las mujeres, se siente fuera de contexto, y la sociedad y nuestras culturas, la hace sentir un paria, un ser abominable…
El día de hoy me ha dado por ponerme a reflexionar (no se preocupen estos lapsus en mi vida son escasos) sobre esa terrible costumbre que tengo a veces de defender la actitud de la gente que me tolera pero no me acepta.
¿No han tenido situaciones tremendamente bochornosas por “ser lesbiana” (y tener puta suerte, o ser muuuy desboladas o… lo que sea)? Son los momentos en los que una se questiona la orientaciòn sexual. Propongo una anècdota bochornosa por dìa y abro el juego. Y vemos despuès si seguimos en el mismo club.
Yo tenía 12 años. Había comenzado el Liceo. No me gustaban los varones ni las mujeres. Estaba “en otra cosa”. Hasta que la conocí a ELLA. ELLA era profesora de geografía. Ni siquiera era MI profesora (lo que yo hubiera dado por que ella fuera algo mío…). Se llamaba Celina, debía tener algo más de treinta años y era, según mi confiable definición, la mujer más hermosa del mundo. Rubia, delgada, con manos muy delicadas y un anillo de sello en oro en el meñique. A veces usaba unos pantalones de cuero que me dejaban k.o. Tenía un andar particular. Imposible de describir. Caminaba con una elegancia calma que me capturaba. Tenía rasgos hermosos, como nunca había visto a mis jóvenes años.
