Pueblo chico, infierno grande: Ser lesbiana en regiones
Por Colaboradora
Por Pilar
Desde hace un tiempo que la sexualidad y sus interpretaciones dejaron de ser un tema para mí, como buena capitalina que soy: las cosas son como son, y naturalmente (pero no por eso sin dificultades), no hay dobles estándares, ni posibles retransformaciones conceptuales de cualquier tipo, como tampoco hay actitudes que reemplacen la verdad, al menos, por mi parte.
Sin embargo, siempre debo recordar que no todos vamos al mismo ritmo, y eso se pone en manifiesto cuando tienes una pareja. Hace ya tres años y medio que estoy con una persona bellísima, que guarda una relación de lo más especial con sus padres, en cuanto a estar o no afuera del closet, y más aún, con los conocidos y familiares de la región de donde ella proviene. La frase es repetitiva: “¿Y si ellos me preguntan, o si le preguntan a mis padres?”. Yo suelo mirarla con paciencia, y generalmente no sé cómo responderle, y es que ser de regiones (aunque ella viva conmigo en Santiago) implica una serie de cosas, que yo no he experimentado.
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Últimamente me encontraba en el blog con muchas preguntas acerca de como hacer para salir del armario y es por eso que me decidí a escribir este pequeño artículo en lugar de responder a cada una de ustedes por medio de los comentarios. Dado que es un momento tan difícil pensé que sería mejor si concentramos toda la información en un solo post y así entre todas podemos darnos consejos y hablar de nuestras experiencias.
Sally es argentina y vacacionaba en una concurrida playa griega. Acababa de pescarse un fenomenal embole a causa de un desencuentro con una compatriota histérica. Pero como nada justificaba embolarse en el paraíso, Sally pensó en remontar su situación y salió a pasear por el centro.
Desde que salí del clóset por segunda vez hace once años creía tener claro que todo el mundo debía hacer lo mismo a como diera lugar; con los amigos, en el trabajo y sobretodo con la familia. A como diera lugar quiere decir que no debía importar ni el lugar ni el momento, porque lo fundamental era quitarse ese piano de encima y empezar así a andar ligero por la vida.
Se han tejido tantos mitos sobre las lesbianas, y hemos sido víctimas de tantos estigmas, que cuando alguien descubre su preferencia por las mujeres, se siente fuera de contexto, y la sociedad y nuestras culturas, la hace sentir un paria, un ser abominable…
El día de hoy me ha dado por ponerme a reflexionar (no se preocupen estos lapsus en mi vida son escasos) sobre esa terrible costumbre que tengo a veces de defender la actitud de la gente que me tolera pero no me acepta.
¿No han tenido situaciones tremendamente bochornosas por “ser lesbiana” (y tener puta suerte, o ser muuuy desboladas o… lo que sea)? Son los momentos en los que una se questiona la orientaciòn sexual. Propongo una anècdota bochornosa por dìa y abro el juego. Y vemos despuès si seguimos en el mismo club.
Yo tenía 12 años. Había comenzado el Liceo. No me gustaban los varones ni las mujeres. Estaba “en otra cosa”. Hasta que la conocí a ELLA. ELLA era profesora de geografía. Ni siquiera era MI profesora (lo que yo hubiera dado por que ella fuera algo mío…). Se llamaba Celina, debía tener algo más de treinta años y era, según mi confiable definición, la mujer más hermosa del mundo. Rubia, delgada, con manos muy delicadas y un anillo de sello en oro en el meñique. A veces usaba unos pantalones de cuero que me dejaban k.o. Tenía un andar particular. Imposible de describir. Caminaba con una elegancia calma que me capturaba. Tenía rasgos hermosos, como nunca había visto a mis jóvenes años.
Mi nueva vida empezó el día en el que dejé a mi ex novio. Ese mismo año me hice budista, vegetariana, renegué del amor y supe que tres de mis amigas eran lesbianas.